Barcelona, 1991. Estación de tren.
La bolsa de cuero marrón, evidentemente mostraba signos de desgaste, pero seguía mostrandose orgullosa al igual que su dueña, reposaba tranquila entre sus pies mientras ella esperaba sentada en los adustos asientos de la estación. No eran incómodos, pero a la vista estaba el continuo desgaste al que eran sometidos. La rodilla de su pierna derecha se movia nerviosa esperando. Eran las once de la noche, y aún quedaba una hora, para la salida del tren. Ella lo sabía, pero no podía evitar el tic nervioso. Había decidido mejor tomar el tren de medianoche, un coche cama, y así llegar descansanda a Zaragoza, con la fuerza suficiente para enfrentar la reunión familiar. Aunque realmente su familia era su hermana menor, su cuñado y sus dos sobrinas; ya que sus padres habían fallecido hacía tiempo. Nunca fueron las hermanas más unidas, eran bastante diferentes, pero se querían y nunca habian roto la promesa de visitarse, al menos, dos veces al año, por muy ocupadas en sus respectivas vidas. Su hermana menor, más apegada a la rutina y la tradición, se había quedado en su Zaragoza natal. Después de acabar de manera sobresaliente el BUP, había conseguido trabajar como secreteria en un bufete de abogados, conocidos de su padre. Curiosamente, así conoció a su marido. Él era unos cinco o seis años mayor, pero ambos mentalmente coordinados. Ahora con veintinueve años y dos niñas de cinco y tres años respectivamente había decidido permanecer como ama de casa. Ella misma también había acabado el BUP con buenas notas, y sin tener muy claro su futuro preparó el COU, mientras decidía. A diferencia de su hermana, ella anhelaba salir de Zaragoza. Sobretodo teniendo en cuenta su vida social. En una ciudad de provincia, ser una joven de espiritu libre y quizá un poco libertino para la epoca, provocaba cierto rechazo en su circulo de amistades y conocidos. Así que se decidió rápidamente por mudarse a Barcelona aprovenchando la oportunidad de unos cursos de costura que vió anunciados en el periódico. Con diecinueve años, emprendió rumbo a una ciudad nueva y más impactante, prácticamente sin nada, ya que la ayuda que podía darle sus padres no era mucho. Pero su atrevimiento fue recompensado, ya que poco despúes de terminar sus cursos de corte y confección, consiguió empleo como modista en El Corte Inglés con veintiun años. Catorce años habían pasado desde entonces, y su vida se desarrollaba con una normalidad que podía considerarse feliz. Las once y media. Megafonía ya había anunciado el embarque para el tren de medianoche Barcelona Zaragoza. Bolsa en mano, caminó hacia el tren. Iba completamente distraida, en la otra mano llevaba su walkman, su compañero insaperable en los viajes. Escuchaba un cassette que curiosamente le había regalado su ex novio hace un año aproximadamente. Pero le encantaba, se había esforzado mucho escogiendo las canciones que a ella le gustaban. En la cinta aún se podía leer la dedicatoria "Con todo mi amor,..." Y hubo amor, por supuesto, más por la parte de él, y por eso era su ex novio. A sus treinta cinco años, cada vez estaba más convencida que el amor no se había hecho para ella. No el amor romántico, al menos. Su capacidad de amar era incuestionable. Amaba a sus amigos y amigas, su vida, su trabajo, y a Poppy su queridísima terrier que había adoptado hace un año, y era su compañera perfecta en el día a día. Entro en el vagón compartimento con un resoplido de resignación respecto al trayecto. Pensaba que había tomado la decisión correcta al aprovechar el puente de noviembre y algunos días libres para el viaje. Mucho mejor que en navidad. Suponía un estrés que le desagradaba enormemente. Habia reservado una litera, para poder ir más confortable. Lo primero que hizo fue posar la bolsa junto a la cama, y se quitó el pesado chaquetón y la bufanda que dobló y colocó con cuidado en la litera superior. El frío había llegado pronto aquel otoño. "Y en Zaragoza será aún peor" pensó instintivamente. Decidió lavarse las manos con un jabón de viaje que llevaba en el bolso, en el pequeño lavabo del compartimento. Se secó las manos con su toalla de viaje, y justo cuando se pasaba la toalla humeda por el cuello a modo de alivio, la puerta del compartimento se abrió. En el umbral aparecio un hombre joven; ella no se atrevió a adivinar su edad. Quizá unos treinta años. Ella intentó continuar como si nada. Sacó un libro de su bolsa y se acomodó en la litera de abajo a leer. El walkman y sus auriculares cumpliendo su función. Está apoyada leyendo Orgullo y Prejucio por céntesima vez, es su libro favorito. Era capaz de visualizar a Lizzy Bennet, a Darcy, a Bingley, a Jane, a Lydia o a Wickham. Por algún motivo, sentía curiosidad por lo que sucediera en el futuro del libro. ¿Cómo serían esos matrimonios?¿Felices? La novela realmente no da tantos signos de romanticismo, y ella veía las relaciones del libro de Austen, muy encorsetadas, sin sentimientos reales involucrados. Imaginaba las relaciones intimas de Eliza y Darcy. ¿Serían disfrutadas? ¿Alguno de los dos no sentía nada? ¿Simplemente tenían relaciones sexuales para engendrar hijos e hijas? ¿O también por placer? Estaba tan enfrancasda en sus pensamientos que no estaba siendo consciente que los ojos de él, estaban posados en ella con una intensidad que casi era posible palparla físicamente. Quizá si llegó, porque sintió un calor inusitado repentinamente. Decidió quitarse la sudadera que llevaba, y dejar al descubierto, una camiseta ajustada de The Who. Al levantar la cabeza, se dió cuenta de la mirada de él, que descubierto, miró hacia la ventana, pretendiendo contemplar el paisaje oscuro. Ella se ruborizó. Diez minutos pasaron que parecieron una eternidad. Ella intentó seguir leyendo, pero su concentración no quiso obedecer. Él persistió en seguir posando sus ojos en ella. Hasta que él decidió salir del compartimento. Ella dejó escapar un suspiro de alivio que ni ella misma entendía. Se removió inquieta. La imagen del joven desconocido estaba clavada en su mente a fuego. Porque realmente quemaba y sintió de pronto una sudoración excesitva en partes muy concretas. Se ruborizó. "Al menos, estoy sola ahora" pensó ella. ¿Qué le está pasando? Se levantó y se acercó a la ventana. Se apoyó en el pequeño lavabo. Abrió el grifo y bebió un sorbo. Luego, sin pensarlo, se mojo la cara. Al contacto de la piel, el agua se contrastó como helada. Ella se secó la cara. Camino hacia la puerta del compartimento. Antes de abrir ella la puerta, esta se abrió y ambos se quedaron pegados y paralizados. Ella podía sentir su respiración. Era rápida. También se fijó en sus pecas en la nariz. Su propia respiración también estaba agitada.
- Bésame -dijo ella.
-¿Qué? -no se movió, siguió mirándola intensamente. Sus respiraciones agitadas.
- Bésame, si lo deseas...
Parece que sí lo deseaba, porque suavemente acerco él los labios a los de ella, cerrando la puerta tras de sí. Fueron unos segundos de suavidad, de saborear el momento y al otro, con la lentitud del traqueteo del tren. Y como si la coreaografía estuviera sincronizada, la mano derecha de ella se agarró al pelo de él, con fiereza, mientras que la mano izquierda de él agarraba su cintura, acelerando el ritmo. Iban hacia atras y de pronto chocaron contra la ventana. Él separo sus labios de los de ella para saborear su cuello con pequeñas mordidas. Los gemidos suaves de ella eran muestra del buen resultado. Ella sentía como él presionaba su cuerpo contra la ventana con suavidad pero con instistencia. En el momento en que su camiseta top había desaparecido, y ella mostraba sus pechos con su sujetador de encaje rosa, empezó a desabrocarle la camisa a él, con más fogosidad de lo que ella misma hubiera esperado. Besos. Él se dejó hacer, y ella disfruto con cada centrimetro de su pecho. De su cuello. Todo él era como una fuente y ella sentía una sed desesperante. Él agarró sus brazos y la llevó a su cama, tumbándola y desabrochando los botones de los Levis de ella y proceder a quitárselos mientras ella ya se había deshecho de sus deportivas. Por un momento parecía como si fuera a ponerse encima de ella totalmente, pero lentamente acerco sus labios a la zona íntima de ella, aunque simplemente acaricio el paraiso con su boca sin siquiera quitarle las bragas. Como si pretendiera disfrutar de su aroma. Ella disfrutaba, soltó gemidos quedos, y curvo su espalda de placer. De repente, ella cerró sus piernas, y se sentó, mientras le manternía preso de sus piernas. Desabrochó los pantalones de él, y en nada ambos estaban solo en ropa interior, cuando ella se quitó el sujetador y sus abultados senos parecieron alegrarse de su liberación tanto como su espectador. Él volvió a tumbarla y besarla, más apasionadamente que antes. Solo dejó de besarla cuando siguió por el cuello, los lóbulos de sus orejas, sus hombros y, finalmente, centró su atención en los senos. Los acarició y los mimó. Quisó jugar a ser Van Gogh con su lengua cual pincel y sus senos como lienzo dibujando un paisaje que parece que él tenía muy claro en su cabeza. Ella suspiraba notando como crecía el calor en su interior. Su boca siguió bajando por el abdomen de ella, y justo cuando llegó a la humedad de su entrepierna que su lencería inferior ya no podía contener, ella reaccionó doblegando su espalda al invasor de su intimidad. Él simplemente rozaba la zona cada vez más humeda, que la fina tela ya no podia contener, y la respiración de ella era ya una locomotora en marcha. Jadeaba y contenía con fuerza cualquier otro sonido. Apenas le costó esfuerzo quitar la última barrera. E instintivamente, ella abrió aun más las piernas, en una clara invitación al ardiente comensal. La contención que ella había logrado hasta entonces, se perdió en el momento en que sintió la lengua de él en su interior. Y sus dedos, sus hábiles y delicados dedos. Gemía, agarrándose con fuerza a la desgastada ropa de cama de la litera. La habilidad de él consiguió que en menos de tres minutos, ella se corrierra ruidosamente y quedará exhausta por otro minuto más. Y, aún así, ella tuvo tiempo de rebuscar casi a ciegas por aquello que siempre llevaba en su bolso, por si acaso. Con suvidad, ella cerró las piernas y con las manos le obligó llevando su cabeza de vuelta a la altura de la suya propia. Se besaron más bruscamente que nunca, con un hambre casi visceral. Ella le mordiqueaba suavemente el cuello, y fue subiendo, cuando así le llegó a la oreja:
- Dentro... - susurró suavemente.
Era deseo y orden, a la vez. Pero la sincronización de sus cuerpos resultó asombrosamente fácil. Y estaba dentro. La piernas de ella acercan con fiereza el cuerpo de él. Las manos de ella vencidas hacia atrás sobre la cama, y las de él, agarran las muñecas de ella. Y mientras ambos acompasan sus movimientos, él vuelve a buscar los labios de ella, totalmente sediento de placer, y se besan con pasión ardiente. Ella nota el miembro de él, moviéndose en su interior, lo goza y lo siente moverse y crecer, la lleva y trae de vuelta de una dimensión etérea. Él se mueve con movimientos rápidos pero precisos. Entra y sale con total facilidad, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta la humedad de ambos. Según van aumentando el ritmo y la intensidad, sus respiraciónes agitadas, parecen ir acompasadas, parece que llegarán a la vez...
- Todavia no...- susurra ella de repente, con la voz entrecortada.
Aún no. No quiere acabar aún. Ella quiere tomar las riendas, prefiere ser Artemis que Afrodita, mejor amazona que solo diosa. Ella le pide que intercambien posiciones. Con decisión se pone encima, dándole la espalda, y con su mano, guía de nuevo el miembro de él hacía su interior. Nunca había estado tan excitada, era consciente. De lo que quizá no era consciente, es que su excitación se transformaba en una llamada de atención, y no parecía importarle que estuvieran en um vagón de tren, o quien pudiera estar en el vagón de al lado. ¿Otra pareja? ¿Familia con niños? Nada parecía importarle en ese momento. Solamente era importante seguir cabalgando. Ella aumentó el ritmo, y él como consecuencia le agarró del cabello, que ya no estaba recogido en una coleta. Más excitación. Ella aumentó el ritmo. Él le siguió.
De nuevo sus respiraciones sincronizadas.
Cada vez más agitadas.
Más rápido.
Casi.
Deprisa.
No pares.
Más.
Más rápido.
Ahí está...
Con tan sólo unos segundos de diferencia, ambos exhaustos, sudorosos y satisfechos, llegaron a la vez. Cayeron en la estrecha cama de la litera en la que había ocurrido todo. No eran necesarias las palabras. Todo era calma, salvo por las respiraciones de ambos, que aún resollaban en el vagón.
****
Debieron dormir como dos horas, no mucho más. Alguno de los dos, quien sabe quizá ella misma, había echado encima de ellos la fina manta de la cama por encima. Ambos dormían apretujados pero cómodamente en la litera donde todo había ocurrido. El escaso sueño había sido, sin embargo, intenso y reparador. Ella abrió los ojos con lentitud, la luz del compartimento encendida pero estaba oscuro fuera del tren. Poco a poco, fue recobrando el sentido, y también los recuerdos de lo ocurrido. Y sin embargo el juego de desconocidos no tenía porque acabar aún. Él seguía aparentemente dormido aún, y una sonrisa pícara se asomó a los labios de ella. De lado, se apoyo en su brazo izquierdo, mientras el otro fue descendiendo por el cuerpo de su compañero sin levantar la manta. Pronto alcanzó su objetivo. Al igual que su dueño, aquel miembro que la había hecho disfrutar hace un par de horas, reposaba. Quiso despertarlo con suavidad, así que lo acaricio con extraño cariño. Él pareció reconocer las señales, porque suspiró aún dormido. Reaccionó. Ella iba subiendo de intensidad mientras lo magreaba. Fue cuando él reaccionó, ella noto como se removió en el colchón, e intento levantar la cabeza, solo consiguiendo ver como ella se había incorporado con la intención de llevarse a la boca aquel juguete lascivo. Se dejó hacer. ¿Qué otra cosa podía hacer él aparte de disfrutar de una felación de buenos días? Ella, cuál experta en las artes artesanas, usaba la lengua, su boca y sus manos, con rapidez y precisión. De nuevo, las manos de él se aferraron a la cabeza de ella mientras su respiración se hacía más fuerte, así como sus gemidos. Y ella, entregada por completo a las joyas de la corona; cetro y ornamentos.
- Voy a... -la voz de él, entrecortada.
La frase no pudo ser acabada, pues finalizó en corrida que se extendió por su piel, las manos de ella y la manta. Parecía como si hubiera pasado demasiado tiempo desde la última, las ganas y la intensidad no mentían. Mientras recuperaba el resuello, ella se incorporó le acarició y le besó el pecho, y ahí se recostó, escuchando los latidos de su corazón aún un poco acelerados. Así, abrazados como si no fueran dos extraños, permanecieron en reposo como una hora más. Medio dormidos, pero sin caer en la profundidad de Morfeo.
****
Quedaba media hora para llegar a Zaragoza. En silencio, y sin mediar palabra, ambos se empezaron a preparar. Se apañaron para asearse en el pequeño lavabo y cambiarse de ropa para dejar atrás la noche de pasión vivida. Aún en silencio, se pusieron de acuerdo para sentarse en la litera de abajo contraria a donde había ocurrido todo anoche. Ya era de día, el paisaje era visible por la ventana, y a falta de conversación, ambos se dedicaron a contemplarlo sin más, al son del traqueteo del tren. No era situación de palabras. No estaban abrazados, ni había gestos de complicidad, solo muy pegados juntos, y en sincronía de visión.
Llegaron a la estación de Zaragoza. A partir de ahí, el habitual jaleo que se generaba al llegar a destino, y desembarcar. Ella, con parsimonia, se echó encima el chaquetón y se colocó la bufanda preparada para el frió que, con toda probabilidad, esperaba en su ciudad natal. Se aseguró que su bolsa estuviera bien cerrada y no se dejara nada en el compartimento. Su libro o su walkman. Todo estaba. Agarró su equipaje para salir.
- Ni siquiera sé tú nombre -dijo él, que había estado haciendo un proceso parecido al de ella misma. Pero se hacía quedado más atrás, cerca de la ventana, con su mochila a la espalda, abrigado, y mirándola fijamente. Ella se dió la vuelta y le devolvió la mirada. Pareció durar un minuto, aunque probablemente ese tiempo no pudiera ser cronometrado por nadie.
- No hace falta. Ni yo necesito saber el tuyo. Somos dos extraños que fingimos ser algo-dijo con una dulce sonrisa. Se acercó de nuevo a él- Gracias-y le dió un beso casto en la mejilla. Y sin más palabras, salió al pasillo del tren y se perdió por la puerta mas cercana al andén. Unos segundos más tarde, él hizo lo mismo.
Ambos sonriendo, pero nunca más volvieron a encontrarse.